De Santiago A. Sasso

Buenos Aires (Argentina), 17 de febrero de 1898

Señor Emilio Zola

Distinguido Señor:

Os habréis dicho para sí después de abierto el sobre que guardaba esta y mirar mi firma ¿quién es este Señor Santiago A. Sasso que sin conocerme me escribe?

Para sacaros de dudas os diré aquí no más que soy un admirador del “célebre novelista” como aquí llamamos a Emilio Zola, a vos el ilustre cultivador del sistema literario naturalista fundado por el autor del Padre Goriot“.

Soy admirador vuestro he dicho y es la verdad porque siempre me extasío con la lectura de vuestras producciones literarias, y hoy mismo, con la de ese monumento que habéis bautizado con el nombre de Paris, que publica actualmente el diario La Nación de esta Capital.

Ya sabéis quien soy y si no os bastara esto, dad las presentes líneas a Bertillon, que por estar escritas de mi puño y letra os podrá decir medianamente un examen grafológico, cuáles son mis otros datos personales. ¡Pobre Bertillon y la “ciencia” que cultiva!

Contemplo como todos los mortales del mundo civilizado vuestra enérgica cual plausible actitud, ante el proceso que habéis provocado con el pretexto de provocar otro: el de la revisión del que se le siguió al Dreyfus, ese pobre inocente preso en la Isla del Diablo y antes presunto culpable de traición, que alejado de los suyos y difamado, es absuelto hoy por la conciencia de todos los humildes, gracias a vos.

Voy al propósito de la presente.

Todas las cosas tienen su fin, ocurriendo a veces que ese fin es provisional. Así pasa con la “cosa juzgada” cuando es necesario rever esa “cosa”, y lo que habrá pasado con el proceso Dreyfus, tal vez antes de haber llegado la presente a vuestro poder; pues, sería una locura no pensar hoy por hoy que se impone la revisión del proceso Dreyfus.

En tal hipótesis si el caso llega, he querido ayudaros desde tan lejos con mi modesto concurso.

En un proceso criminal tramitado en nuestros Tribunales y que fue ruidoso por la calidad de las personas que en él figuraban y la fortuna crecida que se le atribuía a una de ellas, fui nombrado judicialmente sin ser calígrafo diplomado pero considerado experto en el arte de escribir, para informar si varias cartas, tres de las cuales se suponían falsificadas, eran o no hechas por la misma mano. Informé con tres calígrafos con título y contra la opinión de dos, que todas las cartas eran auténticas. Tal acierto fue demostrado de diversos modos y con un método especial que me pertenece por haberlo yo descubierto y que sería perfectamente aplicable al caso de Dreyfus.

Voy a deciros ahora en que consiste, para que si a pesar de su sencillez lo veis razonable lo indiquéis al Calígrafo que durante la revisión del proceso Dreyfus represente a éste en la pericia.

Vos, como yo, y todos los que manejamos el lapicero, a medida que lo hacemos vamos dejando sin conciencia de ello, en cada línea, y en cada página, un número dado o aproximativo de letras, y la causa está en el isocronismo de los movimientos de la mano a la que damos una sacudida idéntica casi siempre. Es la ley que he descubierto y que encontraréis en vuestra propia escritura y que, aplicada en el proceso en que intervine me dio un resultado absolutamente favorable e inequívoco, pues sabréis que en treinta y tres líneas de cartas dubitadas y en otras treinta y tres de cartas indubitadas, he hallado igual número de letras: 684.

Tomad el famoso “bordereau” y comparadlo con un cuerpo de escritura de Estherazi y luego con otro de Dreyfus. El resultado de la prueba experimental os dirá cuál de los dos hizo el “bordereau”.

Como presiento que Dreyfus es inocente, el resultado va a ser negativo; y olvidaba deciros que al hacerse el experimento deben computarse los espacios del trazado caligráfico.

Si os he molestado lo siento de veras. Lo he hecho porque mi conciencia me ordenaba que algo debía decir; que llevara mi modesto concurso hasta Francia; a ese modelo de justicia que por un momento ha dejado de serlo al aplicarla al caso de un judío, quizá su enemigo en secreto.

De vos Atto y S.S.

P.D. Perdonad que por no conocer vuestro idioma, os escriba en el mío.

[v/c Independencia 2.561]

[Secretario Juzgado de Instrucción de la Capital – República Argentina]