Historias efímeras

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Caía la noche en París. Otra tarde otoñal que desaparecía, las calles mojadas, los faros de los coches alumbrando vapores y lluvia, la gente con paraguas, los pasos ligeros. Yo estaba en una de esas cafeterías modernas donde puedes instalarte toda la tarde con una consumición, viendo cómo, fuera, transcurre la vida; una de esas cafeterías que llamo ‘de historias efímeras’ por la cantidad de situaciones breves, anónimas, originales que te pueden pasar.

El sitio que tenía era preferencial; un sillón y una mesa pequeña, con un capuchino, frente a la iglesia de Saint-Philippe-du-Roule. La chica que ocupaba el otro sillón pasaba rápidamente unos folios, subrayados con fluorescente, parecía estar ocupada aprendiendo un papel; era guapa, podría ser actriz, o, al menos, intentarlo. El chico de la cafetería, era evidente que sentía por ella una especial debilidad, pero ésta se levantó pronto, en cuanto llegó al último folio, el papel que tenía subrayado con naranja era corto… Por algo se empieza, ¿verdad?

Si antes se fue la joven, antes llegó otra. Esta vez, la señora parecía de mi edad, ya bien metida en los cincuenta. Algo impaciente, me resultó a primera vista, y me dije “cuidado con quien se sienta a tu lado, a ver si no te va a dejar pensar…”

Entre tanta tarde de tonos grises y melancólicos azulones, no me faltaron algunas ideas para continuar el trabajo que tenía en casa. En las servilletas del Starbucks, me puse a anotar febrilmente lo que se me ocurría por miedo a olvidar.

Llevaba ya emborronadas varias servilletas cuando mi vecina de mesa, la boca llena de tortitas me dijo algo así como “—¿Escribe usted una novela?” Como pensé que todos aquellos sonidos venían de ella, levanté los ojos, la miré entre amable y sorprendida, y me repitió, limpiándose la boca con una servilleta  “—¿Escribe usted una novela?” “―Sí” le dije tímidamente y pensando que al fin y al cabo lo mismo daba si respondía afirmativa o negativamente.

—Yo he intentado escribir una. Llevo cincuenta páginas, pero lo he dejado —me dijo.

Le sonreí y ella continuó:

―Es difícil escribir, ¿verdad?

—Sí —respondí esta vez, más convencida.

—Mire, —continuó— escribir es como el amor, los dos son difíciles. Entre escribir o el amor, yo prefiero el amor, es más simpático.

Me salió, entonces, una gran sonrisa y continué escribiendo, pero esta vez hice una doble línea para anotar lo que me acababa de ocurrir y con ella no olvidar una de mis historias efímeras.

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