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Ayer, al final de una comida entre amigos, cuando estábamos en ese mejor momento en que se ha dejado de hablar de trabajos, de proyectos, de obligaciones, y la conversación va escurriéndose hacia los sentimientos, los recuerdos de infancia, los momentos del corazón; pues, cuando más estaba yo con los pies hundidos en el sustrato emocional, uno de ellos, por disfrutar de mi reacción —que ya conocía—, me animó a pedir un postre para compartirlo. “No comparto nunca el postre” dejé salir con energía una vena egoísta. Ocurre a veces que alguien desea celebrar un acontecimiento importante en su vida, invita a una cena espectacular en un restaurante carísimo, y cuando llega lo mejor la idea del camarero —y, encima, alguien se adelanta precipitadamente con grandes e imperiosos asentimientos de cabeza— es que el postre sea una especie de variedad de pequeñísimos bocaditos de todo lo rico que tengan y, para colmo, compartido. Entonces me desinflo. Suelo afiliarme sentimentalmente a una casa de comidas; según el mimo que le dedican a los postres caseros propios del lugar o según nuestra sintonía en el punto del cacao. De las comidas, lo más interesante es la compañía, el rato largo que estás charlando, los sientas, los atrapas allí, los pones frente a ti para transmitirles sonrisas, escuchar deseos, enviar los tuyos, poner algún bálsamo a un hilillo de pena que escuches, eso es comer entre amigos… Después de todo esto, el postre está hecho para sentir. Cerrar unas horas fantásticas con un suave deslizamiento del labio sobre la cuchara, empujando la materia esponjosa de cacao hacia dentro, mantenerla entre el paladar y las papilas gustativas, y apoyarse en la cara interna de los dientes para lanzar el sabor hacia el cielo de la boca. Ahí lleva usted toneladas de sensaciones, todo un castillo de fuegos artificiales en dos segundos. Eroulla trajo el otro día una fantástica tarta de chocolate hecha por ella. Celebraba su cumpleaños y nos fuimos pasando por su puerta abierta por la que salían voces de felicidad, de alegría de fin de curso, de mañanas suaves. Trabajamos despacho frente a frente, pero nunca habíamos hablado de nuestra pasión común por la cocina. Este día nos llevó a los postres, a reconocernos, a interjecciones, a mirarnos y enviarnos la fugaz imagen de vernos en el deleite del chocolate al baño maría.