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Pasó la noche releyendo el texto; una leyenda china sobre una serpiente blanca que, por amor, se transforma en mujer. No había vuelto a París desde antes de las Olimpiadas, por miedo al bullicio y para dejar a su amiga disfrutar a su antojo del apartamento. Ya mediado el otoño, no podía aplazar más las ilustraciones para un volumen de relatos míticos universales, encargo de un amigo impresor en Orléans. La resaca de los juegos, de las euforias y las multitudes parecían retrasar los preparativos para recibir al nuevo año en la capital; incluso la temperatura suave decía no querer alejarse, y la ciudad, bajo un cielo gris claro, se dejaba recorrer por un tímido frío meloso.

Comprobó los materiales, cerró el bolso y, con el pañuelo anudado y el taburete de tela enganchado al hombro, deshizo el camino que su vecino hacía cada mañana. Su objetivo era el Diospyros chino del parque. Se situó debajo, escudriñó sus ramas sin hojas, las inervaciones de una maraña de palosanto cruzándose, expandidas cinco o seis metros alrededor de su eje, mostrando una pose distinta a cada paso que ella daba. De él colgaban racimos de caquis, múltiples, pequeños, atropellados, juntándose y estirándose a lo largo de una rama que ni con los dos brazos abiertos alcanzaba a medir. Agarrando el lápiz, los dibujaba en el espacio, el vuelo de la copa calcado al aire, su cuerpo parecía bailar queriendo adquirir el arco, sentir el vientre de los frutos, para luego sentarse y tomar el apunte. Enderezó el pañuelo sobre su pelo, pasó mecánicamente la falange del índice sobre su labios para secarlos y no tardó en concentrarse, a pesar de saberse observada por algunos paseantes.

Quedaba poco para la hora del almuerzo, pero quería dejar preparada la gama de colores cuando vio que le faltaba amarillo de Nápoles.  Apresuró el paso para dejar las cosas en la casa y dirigirse hacia la tienda del Quai Malaquais donde trabajaba Julie, una amiga de la infancia que disfrutaba todo el día rodeada de pigmentos y pinceles. Se llevó el color, más otro pastel Tierra verde que podría aportar interesantes notas oscuras, y unas cuartillas de un magnífico papel de algodón blanco, de buen peso y hermoso grano. Esperó a que la joven cerrara su cuenta y se marcharon juntas regresando hacia Saint-Germain donde despidió a su amiga. Rennes, Montparnasse, Raspail, lo recorría todo a paso ligero, constante, como un ejercicio físico y espiritual, voluntarioso, sanador. Al llegar, en lo alto de las escaleras azules, en el suelo, delante de su puerta, una caja blanca parecía entregada por algún recadero de pastelería. Abrió la puerta, encendió la luz y se agachó a recoger el regalo: un magnífico racimo de uvas negras, generosas y brillantes, y una cuartilla doblada guardando discretamente el nombre de Jean Thérond. Giró la mirada hacia el tabique, sabía que no estaba allí por las tardes, aun así prestó atención, la timidez se había agarrado a su corazón.