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La conciencia me llegó de noche. Me había deleitado tardes enteras memorizando los tres o cuatro renglones de cada una de las páginas de los cuentos. Los sacaba del aparador, los releía todos, calcaba alguna figura y los volvía a guardar unas veces ordenados de mayor a menor o según el que más me gustase ese día. El de Cenicienta tenía ilustraciones de acuarelas que llevaban muy lejos, el de Blanca Nieves apelaba a mi miedo, pero dejé pronto de pasar las horas con ellos.

Mi padre conoció a una amiga que se llamaba Montaña. Una señora seria y guapa que llegaba de Écija a París con su sobrina buscando trabajo. El primer día en el barrio coincidieron con él en Le Champ de Mars, el bar de la plaza, tomando un café. Esa misma noche mi padre las trajo a cenar con mi familia, y luego yo pasé mucho tiempo con ella en la casa donde era mujer de ménage. Cada dormitorio de aquel piso era más grande que nuestro apartamento, sólo la cocina ya casi lo medía.  Todo luz y estilo; me encantaba pasear por él discretamente, los brazos bien juntos al cuerpo para no tocar nunca nada. Más que el salón para recibir, el que me gustaba visitar era el de música. Ocupando la esquina más hermosa, un clavicémbalo en tonos pastel decorado con guirnaldas de rosas y amores a lo Boucher, y, un poco a su derecha, algo más en el centro, un arpa por la que nunca osé pasar un dedo. Sin embargo, siempre terminaba las manos atrás y plantada delante de un gran cuadro que no entendía; algo abstracto, como si alguien enfadado hubiese lanzado gotas negras y notas rojas.  De ahí pasaba a la habitación de la hija; enorme y con toda la colección de Astérix. Ella me contaba que su señora había sufrido cosas terribles. Yo no la vi nunca porque sólo entraba por la escalera de servicio cuando no había nadie, pero me mordía grande la curiosidad de ver la cara de la dueña del arpa y que me enseñara ese número que le habían tatuado en la muñeca izquierda.

Una noche lluviosa de otoño mi padre apareció en casa con una vieja maleta grande y marrón. Montaña la había sacado a la basura llena de libros que la hija de la señora desechaba de la biblioteca de su dormitorio. Antes de que se mojaran, él debía ir y traérmela. Sigue siendo la mayor sorpresa de mi vida.  Mientras la abría, se me salía el corazón de pensar que serían míos todos aquellos volúmenes del curioso galo… no fue así, y traía otros más duros. El primero que cogí lo abrí al azar. El destino me presentó «Aide offerte à Majorien» y, demasiado niña, sólo fui capaz de entender palabras sueltas. Me esforcé durante meses, quizá años, en descifrar esa música poética, que intuía más hermosa que ninguna, hasta oír su candente martilleo. Aquella noche comprendí que no sabía leer, que el lenguaje era un monstruo que sonaba como las hadas, pero que golpeaba el alma con verdades, sin cuentos, y que mi mente formaría para siempre parte de sus hordas.