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Nos levantamos con intenciones de domingo; desayuno tranquilo y una buena marcha hasta Caminito para la hora del almuerzo. Nuestro paseo, detenido por ocasiones de fotos y adornos de comentarios sobre Eva Perón o el Boca Juniors, desembocó en la escena de un tango ágil y acompasado empeñado en entrelazar los cuerpos de aquellos bailarines hasta romperlos en una melancólica mirada.

La fatiga del viajero nos acercó a Recoleta, justo para reponernos con un café. Yo soñaba con tomar un algo a la sombra de un árbol gigante que manda en la plaza. Clementina prefirió ir dentro, en La Biela.  Busco asiento entre una enorme sala repleta, y, satisfecha, acomodo a mi hija. Antes de que nos traigan la carta, ella me llama la atención sobre una persona: mama, ahí está Valdano.  La madre, sin discreción, gira la cabeza y confirma que es él. Qué guapo (al unísono). Inmediatamente, en un arrebato de exhibición maternal, le dice a la hija: te voy a hacer una foto en la que se vea él, vas a tener una foto con Valdano (ufana).  Empecé a centrar, alejar, acercar; me veía ya con un book repleto de magníficas fotos que me servirían para impresionar a mi hija y enmarcar el recuerdo de la última tarde bonaerense. Mientras giraba la rueda y le enfocaba, me miró a través del objetivo. Yo, que creía pasar desapercibida, me vi interpelada por su sonrisa, medio avergonzada de sentirme observada por el observado, retiré rápidamente el ojo y él aprovechó el segundo para señalarme con el dedo que podía, si nosotras queríamos, acercarse hasta nuestra mesa y hacerse la foto. Conseguimos dos magníficas postales. Por siempre la sonrisa de Valdano irá enmarcada al lado del «Yira-yira» o de las palomas de San Telmo.

Luego llegaron las clases en Dourados, el reencuentro con los estudiantes. La «mística» de ese día consistió en una referencia a Cora Coralina, una elección de Alexandra. Cora habla de hombres vino y hombres agua. El hombre vino tiene el saber, es grande y admirable en todo, pero está encerrado en una botella que sólo se abre para unos pocos. El hombre agua fluye y lo alimenta todo, es para todos, es hombre amigo, se ensucia, se llena de barro, luego se lava y vuelve a ser para todos. Este es el hilo que hilvana el proyecto «Escola de Emprendedorismo social e solidario» de Angélica Magalhães, una profesora de la UFGD empeñada en dar la oportunidad a mujeres de Asentamientos y a Picadinhas. Mientras ella está de estancia de investigación en Zaragoza, Bruna Menegassi es la responsable. Cultivan los productos que luego cocinan, se forman en nutrición y aprenden economía solidaria; es lo que me explica Bruna mientras me invita a probar la polenta. El dulce de leche está exquisito. Tenía que haber cogido dos, me atrevo a decir al pasar el último sabor por la garganta, y, en el impulso infantil que arranca el postre, Júnior y Losandro, en una sonrisa cómplice, asienten.

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